Esta estrepitosa caída, que solo es superada globalmente por Hungría, expone las consecuencias directas de un programa económico que ha priorizado el ajuste financiero sobre el entramado productivo, dejando un tendal de empresas cerradas y miles de familias en la calle.
A diferencia de las potencias europeas, donde la contracción industrial responde a factores externos como la crisis energética o la competencia con China, el informe advierte que en el caso local se trata de una «crisis fabricada en casa». El diagnóstico técnico apunta directamente a las políticas de la administración de Javier Milei: un tipo de cambio apreciado que destruye la competitividad, una apertura comercial indiscriminada y la eliminación absoluta de cualquier política de fomento industrial. Mientras el mundo desarrollado protege sus fábricas, el gobierno argentino ha decidido desmantelar las herramientas de defensa del trabajo nacional, sumergiendo al sector en una recesión que ya acumula un cuatrimestre de caída ininterrumpida.
El contraste con la región es humillante y deja al descubierto la ineficacia del modelo libertario para generar crecimiento real. Mientras Argentina destruye su capacidad productiva, Brasil -socio directo en el Mercosur- logró expandir su industria un 3,5% mediante políticas de estímulo y defensa del mercado interno; Chile creció un 5,2% y Uruguay un 3,7%. La comparación técnica es devastadora: compartiendo el mismo contexto global y las mismas tensiones comerciales, los países vecinos han sabido proteger sus industrias, mientras que el gobierno de Javier Milei ha impulsado una dinámica de desindustrialización que nos aleja de cualquier estándar de desarrollo moderno.
El costo social de este experimento económico se traduce en números alarmantes: en apenas dos años, 2.400 empresas industriales bajaron sus persianas para siempre, lo que representa la desaparición del 5% de las fábricas del país. La sangre llega al mercado laboral con la pérdida de 73.000 puestos de trabajo directos en un sector que históricamente paga salarios por encima de la media. Lejos de mostrar preocupación, el presidente ultraderechista Javier Milei ha llegado a justificar el cierre de empresas en sus discursos oficiales, calificándolo como una «reconfiguración» necesaria, a pesar de que los supuestos nuevos empleos en minería o energía no compensan, ni de cerca, el vacío dejado por la manufactura.
La magnitud del daño actual sobre el tejido empresarial es comparable a los episodios más oscuros y disruptivos de las últimas décadas en Argentina. Sectores emblemáticos como el textil, indumentaria y metalúrgico encabezan un retroceso que hoy es sistémico y afecta a todas las ramas de la producción sin excepción. Sin instrumentos de política industrial y bajo una narrativa oficial que desprecia la producción local, la Argentina de Javier Milei se encamina a una primarización forzada de su economía, sacrificando décadas de conocimiento técnico y estabilidad laboral en el altar de un dogmatismo ideológico que el resto del mundo parece haber abandonado.

