Bajo la gestión del presidente ultraderechista Javier Milei, la provincia ostenta hoy uno de los indicadores de ventas por habitante más bajos de la Argentina, evidenciando un mercado interno paralizado donde el ajuste ha golpeado con una saña particular al bolsillo del misionero.
Lo más alarmante del informe del INDEC no es solo la caída del volumen, sino cómo están pagando los consumidores lo poco que pueden comprar. A nivel nacional, el uso de tarjetas de crédito ya representa casi el 50% de las ventas totales (exactamente el 43,6% con una tendencia alcista), lo que marca un síntoma inequívoco de la crisis: la gente se está endeudando para comer. Este fenómeno de «financiar el súper» se ha convertido en la única balsa de salvataje para las familias que ya no llegan a cubrir la canasta básica con sus ingresos corrientes, una señal de alerta roja que el equipo económico del presidente ultraderechista Javier Milei parece ignorar en su afán por mostrar equilibrio macroeconómico.
En el desglose por rubros en Misiones, el panorama es desolador. De los once grupos de artículos relevados, diez mostraron caídas estrepitosas, siendo los productos de limpieza y perfumería (-12,2%) y la indumentaria (-10,2%) los que más sufrieron el recorte de los hogares. Incluso alimentos esenciales como los lácteos (-6,9%) y las verduras y frutas (-7,5%) registran bajas significativas, demostrando que el ajuste ya no recorta lujos, sino que ha llegado al núcleo de la alimentación básica. Solo el rubro de comidas preparadas mostró un leve saldo positivo, posiblemente por el reemplazo de salidas a comer por opciones más económicas dentro del salón de ventas.
El ticket promedio en la provincia refleja esta realidad de escasez: un misionero promedio gastó apenas $22.428 en diciembre, una cifra que palidece frente a los $142.312 que se registran en la Ciudad de Buenos Aires o el promedio nacional de casi $59.000. Esta brecha sitúa a Misiones en el tercer lugar del ranking nacional de caída de ventas, solo superada por Corrientes y Tucumán. La octava baja consecutiva mensual desestacionalizada confirma que no se trata de un bache pasajero, sino de una recesión estructural que se ha instalado en las góndolas locales.
Este escenario de «supermercados vacíos y tarjetas explotadas» pone en jaque el discurso oficial de estabilización. Mientras el Gobierno celebra la baja de la inflación mayorista, la microeconomía en provincias como Misiones muestra una cara mucho más cruda: la de una sociedad que ha perdido su capacidad de compra y que sobrevive gracias al crédito plástico. Con un acumulado anual negativo y el consumo por el piso, el 2026 arranca con la pesada carga de ser el año en que el «modelo libertario» deberá demostrar si puede reactivar el mostrador o si seguirá empujando a los consumidores hacia el endeudamiento permanente para llenar el changuito.

