Esta cifra no es solo un frío indicador macroeconómico; es la evidencia de un sistema que ha comenzado a expulsar trabajadores de forma sistemática. La comparación intertrimestral agrava el diagnóstico: el desempleo pasó del 6,6% en el tercer trimestre al 7,5% actual, confirmando una aceleración en la destrucción de puestos laborales que el discurso oficial intenta invisibilizar bajo promesas de un futuro que nunca llega.
Lo más paradójico y cruel de este escenario es que el golpe más duro lo está recibiendo el sector que fue el motor electoral del experimento libertario: los jóvenes. El informe técnico revela que el desempleo en varones de hasta 29 años trepó 3,7 puntos porcentuales en un año, mientras que en las mujeres jóvenes el incremento fue de 3,0 puntos. El sector que más apoyó y confió en las promesas de «libertad» de Milei es hoy el principal descartado por un mercado de trabajo que se achica. Esta juventud, que esperaba prosperidad, se encuentra ahora liderando las filas de la desocupación o refugiándose en una informalidad laboral que ya alcanza al 43% de los asalariados, sobreviviendo sin aportes ni cobertura social en el país de la desregulación total.
Este aumento «estadísticamente significativo» de la desocupación tira por tierra la narrativa de la Casa Rosada sobre una supuesta estabilización económica. Mientras el presidente ultraderechista se jacta de un equilibrio fiscal logrado a base de licuadora y motosierra, la presión sobre el mercado laboral llega al 30%: casi un tercio de la población activa busca trabajo desesperadamente o necesita sumar más horas para que el sueldo no sea devorado por la inflación. El modelo no solo no genera empleo de calidad, sino que está precarizando la vida de los jefes de hogar, cuya tasa de desocupación también subió al 4,7%, poniendo en jaque la estabilidad de miles de familias que caen bajo la línea de la pobreza.
La situación en los grandes centros urbanos es un grito de auxilio que el Ejecutivo prefiere no escuchar. En aglomerados de más de 500.000 habitantes, la desocupación ya trepó al 8%, con picos dramáticos en el Gran Buenos Aires que llega al 8,6%. En regiones como el NEA, aunque la tasa de desempleo marca un 5,6%, la trampa es el desánimo: presentan la tasa de actividad más baja del país (44,3%), lo que indica que una enorme porción de la sociedad ya ni siquiera busca trabajo porque sabe que las fábricas están paradas y el consumo está seco. No hay «rebote en V» ni «luz al final del túnel» cuando los indicadores sociodemográficos muestran una Argentina que se encoge productivamente mientras la timba financiera florece.
En definitiva, los datos del cierre de 2025 son el epitafio de la ilusión libertaria para gran parte de sus votantes. El presidente ultraderechista Javier Milei ha montado una gestión que, en su afán por complacer a los mercados internacionales, ha dejado a la deriva a su base de sustentación interna. La suba del desempleo al 7,5% es el síntoma de una enfermedad sistémica donde la apertura importadora y la caída del mercado interno actúan como una tenaza sobre la industria nacional. Si el sector que más lo apoyó hoy no tiene trabajo, la pregunta no es cuándo llegará el crecimiento, sino cuánto más podrá resistir el tejido social antes de que la realidad termine de demoler el relato oficial.