Las declaraciones del senador Goerling advirtiendo que «está llegando a un límite la capacidad de la gente de aguantar» suenan más a un paraguas preventivo para evitar el escrache público antes que a una verdadera convicción de cambio de rumbo.
Resulta llamativo, por no decir contradictorio, que Goerling se muestre hoy sensible ante el bolsillo de los ciudadanos cuando hasta hace apenas 48 horas lanzaba críticas feroces contra la tasa turística de Wanda. Aquella iniciativa municipal no tenía otro fin que alivianar los costos de mantenimiento de calles y servicios esenciales ante el recorte masivo de fondos nacionales, pero para el senador del PRO, cualquier herramienta de gestión local es cuestionable, mientras que el ajuste macroeconómico nacional es «correcto». Este doble estándar expone a un dirigente que, por un lado, asfixia las soluciones regionales y, por otro, ensaya un discurso humanista para no quedar pegado al costo social de la recesión.
A pesar de este repentino interés por la «microeconomía», Goerling confirmó que seguirá siendo un engranaje clave para el oficialismo en el Congreso. Adelantó que este viernes volverá a levantar la mano para apoyar la reforma laboral, una pieza fundamental del engranaje del presidente ultraderechista Javier Milei que genera fuerte resistencia en los sectores trabajadores. Este apoyo incondicional a las leyes que profundizan la desregulación y el ajuste contrasta con su pedido de «señales para reactivar la economía», dejando en claro que su postura oscila entre la obediencia al proyecto libertario y el temor a la reacción de sus propios representados en el interior productivo.
En su afán por mostrar una independencia que los hechos desmienten, el senador relató públicamente que rechazó el pedido de Bullrich para afiliarse a La Libertad Avanza, asegurando que su lugar es el PRO. Sin embargo, esta supuesta autonomía partidaria se desmorona al observar su agenda legislativa, totalmente alineada con el Ejecutivo nacional. Al referirse a temas vitales para Misiones como la yerba mate y el tabaco, Goerling utiliza una retórica de confrontación con el «gobierno central» que parece más una puesta en escena que una gestión real, especialmente cuando sus votos en el Senado han sido fundamentales para sostener el esquema de desfinanciamiento que hoy castiga a las economías regionales.
El escenario que plantea Goerling es, en definitiva, el de un dirigente que intenta caminar por el borde del abismo sin caer en el vacío del descrédito popular. Mientras celebra que el peronismo perdió el control de las autoridades del Senado, ignora que la verdadera urgencia no es la rosca legislativa, sino el hambre y la parálisis económica que sus propios aliados han profundizado. Con la apertura de sesiones a la vuelta de la esquina, el senador misionero ensaya una autocrítica light para ver si logra estirar un «aguante» social que, según sus propias palabras, ya ha llegado a su fin.