Esta caída del 19,5% en el empleo de casas particulares no es solo una estadística fría; es el síntoma de una clase media que, asfixiada por la inflación y el ajuste, ha comenzado a recortar gastos esenciales, expulsando del sistema a miles de mujeres que representan, en la mayoría de los casos, el único sostén de sus hogares.
La profundidad de la crisis laboral en Misiones se manifiesta en un vaciamiento de los sectores históricamente estables, donde la pérdida global de 8.100 empleos entre 2023 y 2025 esconde una realidad mucho más alarmante: la destrucción de 58.000 puestos de trabajo en diversas actividades. Mientras el empleo formal desaparece, el mercado se refugia en un cuentapropismo precario e inestable que no ofrece seguridad social ni derechos básicos. El impacto es especialmente crudo en la administración pública, que perdió 19.000 puestos debido al feroz ajuste fiscal impulsado por el presidente ultraderechista, Javier Milei, y en la industria manufacturera, donde sectores pilares como la madera y los alimentos despidieron a más de 6.600 trabajadores.
El comercio, motor vital de la economía misionera, también acusa el impacto del desplome del consumo interno con la pérdida de casi 4.500 puestos de trabajo. Las persianas que bajan y los locales que achican sus plantillas son el reflejo de una circulación monetaria raquítica que ya no alcanza para sostener la estructura comercial de la provincia. A esto se suma que la crisis ha golpeado con mayor fuerza en las localidades del interior que en la capital, evidenciando una fragilidad estructural en las zonas que dependen de la producción primaria y que hoy se encuentran desamparadas ante la falta de políticas de fomento y la paralización de transferencias nacionales.
Lo que se observa en Misiones es una mutación peligrosa hacia la informalidad y la vulnerabilidad extrema. Mientras los trabajadores asalariados con derechos disminuyeron en más de 46.000 personas, el trabajo por cuenta propia creció en 33.000, lo que confirma que el empleo de calidad está siendo reemplazado por la supervivencia diaria. Ni siquiera el repunte estadístico en sectores como la construcción logra compensar la calidad de lo perdido, ya que gran parte de ese crecimiento se sustenta en la autogestión y en changas que no garantizan un futuro digno para las familias misioneras.
El drama de las 7.300 trabajadoras domésticas que perdieron su fuente de ingresos sintetiza la crueldad de este ciclo económico: son las primeras en caer cuando el bolsillo de la clase media se agota y las últimas en ser asistidas por un Estado en retirada. Esta pérdida masiva no solo desarticula las redes de cuidado en toda la provincia, sino que condena a miles de mujeres a la indigencia o a la informalidad total. Sin un cambio de rumbo que priorice el empleo genuino y proteja el mercado interno, la radiografía laboral de Misiones seguirá mostrando el rostro de una provincia que se precariza a pasos agigantados bajo el peso de un ajuste que parece no tener fin.