La caída de la principal fabricante de neumáticos del país no tomó por sorpresa a su conducción, sino que fue la crónica de un final anunciado frente a la falta de políticas de protección. Ya en mayo de 2024, el presidente de Fate, Javier Madanes Quintanilla, había advertido en declaraciones al canal La Fábrica del Podcast que el gobierno mostraba un claro «menosprecio al capital nacional». En aquel entonces, el empresario comparó el ajuste propuesto por el gobierno con la crisis de 2001, señalando que la falta de acompañamiento a las empresas locales y la apertura indiscriminada de importaciones terminarían por asfixiar a las fábricas que apuestan por el desarrollo interno.
El impacto social del cierre es inmediato y devastador: más de 920 trabajadores perdieron sus puestos de manera directa, sumándose a una cadena de proveedores, transportistas y pymes que quedan a la deriva. La UIA remarcó que el caso de Fate es el ejemplo más evidente de las «prácticas comerciales desleales» y el dumping proveniente de Asia que el gobierno ha permitido avanzar. Para la entidad, producir en Argentina se ha vuelto inviable ante un esquema de importaciones que no exige convergencia competitiva, destruyendo décadas de conocimiento acumulado y tecnología nacional en favor de productos extranjeros subsidiados.
Desde la mirada empresarial, el diagnóstico es de una asimetría total frente a la competencia externa. Mientras que en sus declaraciones de 2024 Madanes Quintanilla subrayaba la imposibilidad de ser competitivo en un país con un 50% de economía informal, la UIA hoy exige igualdad de condiciones: financiamiento accesible, infraestructura eficiente y un esquema impositivo razonable. El cierre de Fate expone la fragilidad de un modelo donde, según los industriales, la apertura de mercados se realiza sin considerar los altos costos internos, dejando a la industria argentina en una situación de vulnerabilidad extrema frente al mercado global.
El cierre de esta planta emblemática no solo apaga una caldera, sino que desarma un entramado productivo que tardó casi un siglo en construirse y que será casi imposible de recuperar. La advertencia de la UIA es clara: si no existe un entorno macroeconómico que acompañe la transformación productiva, Fate será solo el inicio de un efecto dominó que seguirá erosionando el empleo formal. En un contexto donde la desregulación avanza sin redes de contención, la industria nacional enfrenta el desafío de sobrevivir a un escenario de «supervivencia del más apto» que, por ahora, solo parece favorecer al capital extranjero.