El escenario de recesión y la apertura de importaciones obligaron a la firma a desmantelar gran parte de su esquema productivo nacional, pasando de ser una fábrica integral a un modelo híbrido que depende de insumos de India y Vietnam, además de trasladar la producción de sus termos de acero directamente a China.
La magnitud del ajuste queda expuesta en la drástica reducción de su plantilla: en apenas dos años, la empresa pasó de tener 220 operarios a sostener apenas 50 empleos directos en su planta de Tortuguitas. Según explicó su director, Martín Nadler, este proceso de retiros voluntarios fue una medida desesperada para evitar el cierre definitivo de la compañía, en un contexto donde el volumen demandado por los consumidores locales se pulverizó y la competencia de productos terminados en el exterior volvió inviable la fabricación total en el país.
El cambio de paradigma es total, ya que Lumilagro decidió apagar los hornos donde fabricaba sus icónicas ampollas de vidrio para traerlas desde Asia, mientras que la línea de termos de acero —que sostenía desde hacía dos décadas— fue reducida a la mitad para importar el resto desde el gigante asiático. Actualmente, la operación en Argentina se limita a líneas reducidas y a tareas de personalización con serigrafía, transformando lo que antes era un orgullo de la manufactura nacional en una estructura mínima de ensamble y diseño estético.
Este caso se suma a la preocupante lista de empresas argentinas que, ante la pérdida de competitividad y el aumento de los costos internos frente a un dólar que favorece el ingreso de mercadería foránea, optan por convertirse en importadores para sobrevivir. Desde la gerencia admiten que la decisión es reversible si las condiciones económicas cambian, pero por ahora el futuro de productos clave, como las botellas térmicas, sigue bajo análisis para determinar si es más rentable traerlas de afuera que prender las máquinas en el conurbano bonaerense.
La historia de Lumilagro es el reflejo de un entramado industrial que se desintegra bajo el peso de una crisis que no distingue trayectorias ni nombres propios. Mientras la producción nacional se achica y los puestos de trabajo calificado se pierden, el mercado se inunda de productos manufacturados a miles de kilómetros, dejando en claro que el costo de «sostener la competitividad» en la Argentina de hoy se paga con desindustrialización y familias que quedan en la calle.

