El dato más alarmante de esta radiografía financiera es el colapso en la capacidad de pago: en solo un año, la cantidad de créditos considerados «irrecuperables» -aquellos con más de doce meses de mora- se duplicó, saltando del 2,6% al 6,4%. Según Marina Dal Poggetto, directora de EcoGo, el fin de la «licuación» inflacionaria ha dejado a los deudores a la intemperie; mientras antes la inflación devoraba las cuotas, hoy el peso de la deuda es real y constante, lo que impide que los trabajadores logren sanear sus cuentas a pesar de los esfuerzos.
La morosidad en el ecosistema fintech es la que muestra los síntomas más graves de esta enfermedad económica, con una irregularidad en los pagos que se triplicó hasta alcanzar el 21,4%. De los $12,6 billones inyectados por el sistema no bancario, más de $2,7 billones están hoy bajo la sombra de la incobrabilidad. Para muchos argentinos, el acceso a estas plataformas digitales ha dejado de ser una comodidad tecnológica para transformarse en un salvavidas de plomo: es el único lugar donde consiguen fondos cuando el banco les cierra las puertas, pero a un costo que termina devorando su calidad de vida.
El estrés financiero no se queda en la periferia del sistema y ya golpea con fuerza a la banca tradicional. La mora en préstamos personales escaló a un inédito 11%, mientras que en las tarjetas de crédito la irregularidad saltó al 8,4%, una cifra que se multiplicó por seis en comparación con los registros de 2024. Este efecto cascada demuestra que el problema no es solo de los sectores informales, sino que ha penetrado en la estructura de la clase media trabajadora, que debe recurrir al «multitrabajo» o al achicamiento extremo para no caer en el abismo del sistema financiero.
Finalmente, los analistas advierten que este nivel de endeudamiento récord condiciona cualquier posibilidad de reactivación del consumo en el corto plazo. Con hogares que deben el 140% de lo que producen en un mes, el margen para comprar bienes básicos se reduce al mínimo, alimentando un círculo vicioso de recesión y morosidad. La combinación de tasas de interés que no bajan y sueldos que no recuperan terreno frente a los costos fijos sitúa a la economía familiar en un punto de vulnerabilidad extrema, donde el crédito digital ya no es una solución, sino el síntoma más claro de una crisis profunda.

