Argentina / Economía / Trabajo | De la jubilación al rebusque: cuando la vejez también entra en la guerra por sobrevivir

En un mercado laboral deprimido, la búsqueda de ingresos extra deja de ser una estrategia ocasional y se convierte en obligación para todas las edades: desde adolescentes de 14 años hasta personas mayores. El resultado es más precarización, más informalidad y empleos cada vez peores.

El artículo «La jubilación no alcanza: En Posadas aumenta la cantidad de mayores de 65 trabajando» expone un dato duro, pero la lectura de fondo es todavía más grave: cuando la economía se achica y el ingreso pierde poder de compra, el trabajo deja de ser una vía de desarrollo y pasa a ser una forma de aguante. En ese contexto, no solo se empuja a los mayores de 65 años a seguir trabajando; también se amplía la presión sobre otros grupos etarios, incluso sobre adolescentes, lo que revela un mercado laboral desordenado, empobrecido y cada vez más defensivo.

El sueño de un retiro digno se desmorona en la capital misionera, donde los adultos mayores de 65 años ya representan el 6,1% de los ocupados, según datos del INDEC procesados por Politikon Chaco (ver artículo original). Posadas ocupa el tercer lugar nacional en proporción de trabajadores senior, solo detrás de Buenos Aires y Tucumán, con un crecimiento explosivo del 85,2% desde 2016: de 5.808 a más de 10.700 personas.
Pero este «podio» no es motivo de orgullo. Es el reflejo crudo de un ajuste económico que devora los haberes previsionales y una inflación que no da tregua. Mientras el presidente Javier Milei habla de una macroeconomía «sana», la micro real de Posadas muestra a jubilados recurriendo al cuentapropismo (60% de ellos), al comercio minorista y a oficios físicos agotadores como la construcción. La informalidad nacional entre estos trabajadores supera el 55%, con empleos «en negro» que subieron 20% en el último año, mientras los formales cayeron 11%.
Esta no es una elección voluntaria, sino supervivencia pura. Y lo alarmante es cómo la crisis se expande: en un mercado deprimido, la búsqueda de trabajo extra ya no es exclusiva de los mayores. Abarca a todos los grupos etarios, incluyendo adolescentes desde los 14 años –aunque no sea del todo legal–, empujados a changas informales para complementar ingresos familiares.
Es una trampa donde el jubilado se vuelve el eslabón más débil, el adolescente un improvisado proveedor y el sistema previsional, un subsidio de miseria.
Posadas no es una anomalía; es el epicentro de una crisis social que no toca fondo. Sin recomposición de ingresos y freno a la inflación, el «éxito» de tener más trabajadores senior solo anunciará más vejez precaria y juventud robada.

Lo preocupante no es únicamente que aumente el empleo de adultos mayores, sino que eso ocurra como síntoma de degradación social. Si una jubilación no alcanza, si los salarios no cubren lo básico y si la inflación licúa cualquier ingreso, la búsqueda de “algo más” se vuelve una constante en hogares enteros. Esa necesidad derrama sobre todas las edades y termina normalizando prácticas riesgosas: changas mal pagadas, jornadas extendidas, informalidad, explotación y, en casos extremos, incorporación temprana al trabajo de menores, incluso en condiciones que rozan o violan la legalidad.

En un mercado deprimido, competir por ingresos extra no mejora la calidad del empleo, la empeora. Hay más personas disputando menos oportunidades, y eso baja el poder de negociación de todos. El resultado habitual es conocido: trabajos más precarios, peores salarios, menos estabilidad, menos aportes y menos protección. Es decir, una economía que no genera empleo de calidad termina empujando a la población hacia empleos de supervivencia.

También hay una dimensión moral y política que no conviene ocultar. Celebrar la “reinserción” laboral de jubilados o presentar el autoempleo precario como salida virtuosa puede funcionar como relato, pero no resuelve la causa estructural. Si el sistema obliga a trabajar a quien debería descansar, entonces no hay mérito sino necesidad. Y si además se empuja a jóvenes muy pequeños a entrar al circuito laboral, el problema deja de ser solo económico: se vuelve una señal de deterioro institucional y de renuncia a la protección social.

La verdadera alarma no es solo que trabajen más los mayores, sino que una economía deprimida arrastre a todos los grupos etarios a buscar ingresos extra en condiciones cada vez peores. Eso no crea inclusión: produce precarización generalizada.