Mientras el discurso del presidente ultraderechista Javier Milei insiste en una macroeconomía que «sana», la microeconomía de los personas mayores de la capital de Misiones revela una realidad de necesidad extrema, donde el empleo en este rango etario creció un estrepitoso 85,2% desde 2016.
Esta transformación estructural del mercado laboral local no es una elección de carrera, sino una estrategia de supervivencia. Los datos del INDEC procesados por Politikon Chaco muestran una paradoja cruel: mientras cae la participación de los jóvenes menores de 24 años, la de los mayores de 65 alcanza récords históricos. En Posadas, el salto fue de 5.808 trabajadores en 2016 a más de 10.700 en la actualidad, un avance que duplica el promedio nacional y deja al descubierto que la jubilación mínima hoy funciona más como un subsidio insuficiente que como un sustento real para la vejez.
El cuentapropismo es la principal vía de escape frente a la miseria, concentrando a casi el 60% de los trabajadores mayores en la ciudad. Lejos de las oficinas climatizadas, los adultos mayores de Posadas se vuelcan mayoritariamente al autoempleo tradicional, el comercio minorista y oficios que demandan un esfuerzo físico agotador. Resulta alarmante observar cómo la construcción y el comercio de alimentos son los rubros que más han crecido en este segmento, evidenciando que la necesidad de cubrir gastos cotidianos básicos empuja a personas de avanzada edad a realizar tareas que el cuerpo ya no debería soportar.
La precarización es la otra cara de esta moneda. A nivel nacional, la informalidad entre los asalariados mayores de 65 años ya supera el 55%, lo que significa que más de la mitad trabaja sin ningún tipo de protección social ni aportes, en una trampa de la cual es imposible salir. Solo en el último año, mientras los empleos formales para este grupo cayeron un 11%, el trabajo «en negro» se disparó más de un 20%, consolidando un modelo donde el trabajador mayor es el eslabón más débil y desprotegido de la cadena productiva.
En conclusión, Posadas se ha convertido en un epicentro de la resistencia laboral senior en Argentina. El fenómeno ya no puede leerse como un dato marginal o una curiosidad estadística; es el síntoma de un sistema previsional quebrado y de un ajuste económico que ha decidido que la vejez sea una etapa de trabajo y privaciones en lugar de descanso. Sin una recomposición real de los ingresos y un freno a la inflación de los alimentos, el «podio» que ocupa la capital misionera en empleo de adultos mayores seguirá siendo el reflejo de una crisis social que no encuentra su piso.

