El detonante fue una entrevista donde Petri acusó a la vicepresidenta de haber «apostado al fracaso del Gobierno» y de ser funcional a la oposición al permitir que el Senado se convirtiera en un campo de batalla contra el plan oficial. Según el legislador, Villarruel no estuvo a la altura de las circunstancias en estos dos años y sugirió que su ambición por la sucesión presidencial la llevó a intentar quebrar el programa económico desde adentro. Sin embargo, la respuesta de la titular del Senado no solo fue inmediata, sino que elevó el tono de la discusión a un nivel de agresividad personal pocas veces visto en la política institucional, enviando al diputado a «ubicarse» antes de opinar sobre temas que le quedan grandes.
Villarruel golpeó donde más duele: la crisis de salud y los salarios de las Fuerzas Armadas, un sector que históricamente ha sido su base de apoyo y que hoy atraviesa un momento crítico. La vicepresidenta denunció un «vacío» y un presunto «desfalco» en IOSFA, la obra social de los militares, señalando que cientos de miles de familias castrenses han quedado sin atención médica en todo el país. Al tratar a Petri de «vecina chusma» y recordarle que «sigue atentamente la causa judicial», la funcionaria transformó una pelea mediática en una advertencia legal directa, vinculando al entorno del diputado con irregularidades administrativas graves que afectan directamente la operatividad de las fuerzas.
La estocada final de Villarruel fue aún más ácida, cargada de una ironía que salpicó incluso al presidente ultraderechista Javier Milei. En sus redes sociales, la vicepresidenta descalificó la trayectoria de Petri al afirmar que solo lo conoce por sus «cosplays» y por participar en los «trencitos de la alegría» junto al mandatario, una clara burla a las puestas en escena mediáticas del Ejecutivo. Detrás del sarcasmo, sin embargo, subyace una realidad dramática que la propia Villarruel se encargó de subrayar: el vaciamiento de la obra social militar coincide con los sueldos más bajos de todas las fuerzas de seguridad, una situación que está generando un malestar creciente en los cuarteles.
Este cruce no es solo una anécdota de Twitter; es la manifestación de una crisis de gobernabilidad donde la línea de sucesión parece estar más enfocada en la supervivencia judicial y el reproche personal que en la gestión. Mientras Petri intenta defender la pureza del programa económico, Villarruel se posiciona como la voz de una familia militar que se siente abandonada por la administración de Javier Milei. La «locura» de este intercambio dialéctico es el síntoma de un Gobierno que empieza a devorarse a sí mismo, dejando a la deriva a sectores sensibles del Estado en medio de una batalla de egos que parece no tener retorno.