Este éxodo masivo es la respuesta directa a un sistema que ya no garantiza la subsistencia básica, empujando a miles de familias a desintegrarse para escapar de un escenario de miseria estructural.
El dirigente gremial describió una realidad cruel en la que los ajustes de la cadena de valor se descargan siempre sobre el trabajador. Según Rojas, mientras que los periodos de bonanza rara vez se reflejan en el bolsillo del cosechero, las caídas de rentabilidad se trasladan de forma casi instantánea. En el contexto actual, los pagos que reciben quienes levantan la cosecha apenas alcanzan, en muchos casos, el 30% del valor real, lo que sume a los trabajadores rurales en una precariedad que imposibilita cubrir las necesidades mínimas de alimentación y salud.
Para quienes no han podido migrar -ya sea por falta de recursos o por tener hijos pequeños a cargo-, la realidad es de una vulnerabilidad extrema. Los trabajadores que permanecen en la provincia se ven obligados a aceptar condiciones laborales denigrantes y «pagos por dos pesos» ante la urgencia del hambre. Esta situación consolida una cadena de productores empobrecidos donde el ajuste se hace «desde abajo», aprovechando el temor y la necesidad de una mano de obra que no tiene margen de negociación frente a la falta de alternativas.
Ante este panorama, UATRE ha solicitado la intervención urgente del Ministerio de Trabajo de la provincia para asistir a las familias que han quedado atrapadas en este círculo de indigencia. El combo de precios bajos, la desregulación del sector y la falta de controles laborales ha creado el caldo de cultivo perfecto para que el tarefero trabaje por salarios ínfimos. Rojas subrayó que el miedo a perder lo poco que tienen impide que muchos trabajadores denuncien estas situaciones, perpetuando un modelo de explotación que parece no tener techo.
La zafra 2026 corre el riesgo de quedar marcada por el silencio de los yerbales abandonados y el desarraigo de quienes históricamente le dieron vida. Si no se logra revertir la caída de la rentabilidad y garantizar un pago digno, el éxodo continuará desangrando a las colonias misioneras. La crisis de la yerba mate ya no es solo una cuestión de números o de precios en góndola; es una emergencia social que está vaciando el campo y sumiendo a los que se quedan en la más absoluta desprotección.