Argentina / Economía | Inversiones y exportaciones: La apuesta libertaria por una recuperación basada en una esperanza pírrica

Los recientes datos oficiales del INDEC confirman un virtual estancamiento de la actividad económica que se prolonga ya por seis meses, una realidad que el gobierno del presidente ultraderechista Javier Milei intenta matizar con proyecciones de crecimiento para 2026 basadas exclusivamente en la inversión y las exportaciones. Mientras el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) registró una caída del 0,4% en octubre, el modelo oficialista profundiza una peligrosa heterogeneidad donde el consumo interno y la industria manufacturera quedan relegados frente al avance de sectores extractivos y financieros. Esta hoja de ruta hacia el próximo año se perfila como una "esperanza pírrica": un crecimiento en los papeles que, al prescindir del bienestar de las mayorías, reconfirma la vigencia de un ajuste fatal para el tejido social argentino.

Un modelo de ganadores escasos y perdedores industriales

El aparente repunte de algunos indicadores no es más que el reflejo de una economía de dos velocidades. Mientras la intermediación financiera muestra subas extraordinarias —explicadas más por la dolarización de carteras en contextos electorales que por un aumento genuino del crédito—, el corazón de la producción nacional se desangra. La industria manufacturera, el sector que más empleo genera, es el más golpeado por la apertura comercial indiscriminada. Divisiones clave como la textil, la automotriz y la de electrodomésticos registran retrocesos profundos desde finales de 2024, asfixiadas por una caída del mercado interno que el Ejecutivo parece no tener interés en reactivar.

Incluso en sectores que muestran números positivos, como el de hoteles y restaurantes, la realidad detrás de las cifras es alarmante. Especialistas advierten que este crecimiento responde fundamentalmente al aumento del empleo informal y la precarización, posiblemente inflado por el fenómeno de las aplicaciones de delivery, mientras que las empresas y el empleo formal continúan en una pendiente negativa.

La inversión como único motor de un futuro incierto

Para el 2026, las consultoras y bancos proyectan un crecimiento del PBI de entre el 2% y el 3%, pero con una advertencia unánime: el motor no será el consumo familiar, sino la inversión real y las exportaciones de energía y agro. Entidades como el BBVA apuestan a un salto del 9,2% en la inversión, supeditado a que el Congreso convalide las reformas estructurales que exige el sector privado. Sin embargo, este esquema de crecimiento es poco intensivo en mano de obra, lo que plantea un escenario sombrío para los trabajadores.

La dependencia de sectores como Vaca Muerta o la minería, sumada a la incertidumbre cambiaria que mantiene a muchos inversores en la posición de «esperar y ver», deja a la economía argentina en una situación de extrema fragilidad. El «ajuste fatal» se manifiesta así en su forma más pura: una estabilidad macroeconómica lograda a costa del vaciamiento del mercado local.

El desafío de un crecimiento sin gente

El mercado y el Gobierno parecen haber sellado un pacto que excluye la recuperación de los salarios reales. Si bien se espera que la inversión sea la clave para salir del estancamiento de la última década, la falta de incentivos al consumo y la presión de las importaciones sobre los sectores intensivos en trabajo generan dudas sobre la sostenibilidad social del modelo de Milei.

En definitiva, la Argentina se encamina hacia un 2026 donde los balances de las grandes empresas y las exportadoras podrían brillar, pero donde la calle seguirá sufriendo las consecuencias de un modelo que considera el bienestar del consumidor interno como un gasto prescindible en su búsqueda de equilibrio fiscal y reformas estructurales.