Con una caída proyectada que ya alcanza los USD 260 millones en transferencias negativas para el sector productivo y una deuda bancaria de los molinos que trepó un 53,5%, la crisis es sistémica: hoy, en la selva del libre mercado, están perdiendo todos.
La irrupción de marcas económicas con precios que «rompen» las góndolas ha generado una competencia caníbal que pisa los valores de venta, haciendo imposible recomponer el precio de la hoja verde. Mientras los costos de energía y combustible se dispararon, las grandes marcas se ven obligadas a trabajar al costo para no perder mercado frente a competidores que se abastecen de materia prima barata a costa del hambre del colono. Este descalce extremo llevó a que el productor reciba apenas $240 por kilo, cuando el costo de producción ya roza los $500, obligando al núcleo productivo a financiar al resto de la cadena con su propia quiebra.
El sector industrial, lejos de beneficiarse con la desregulación, enfrenta un panorama sombrío de «luz amarilla» en los bancos. La combinación de una caída del 7,1% en las ventas internas y un endeudamiento que saltó de $100.170 millones a más de $153.580 millones revela una fragilidad financiera alarmante. Los molinos ya no solo lidian con un consumo interno deprimido, sino que deben sostener su operatoria con un apalancamiento financiero cada vez más caro y riesgoso, elevando las alarmas de mora en todo el sistema.
Incluso en el frente externo, donde se celebran volúmenes récord de exportación, la rentabilidad se encuentra acotada por un dólar planchado que conspira contra los ingresos. Un informe del especialista Guillermo Gering advierte que Argentina está capturando el valor más bajo de los últimos cinco años, exportando a un promedio de apenas 1,95 dólares por kilo. Mientras Brasil exporta menos volumen pero genera los mismos ingresos gracias a la innovación y el valor agregado, el modelo impulsado por el presidente ultraderechista Javier Milei parece condenar al país a ser un exportador de materia prima barata basada en trabajo mal remunerado.
El horizonte internacional muestra que el mercado global de la yerba mate se duplicará para 2035, pero Argentina corre el riesgo de quedarse afuera de la ganancia real. Atrapada en una disputa de precios bajos y costos internos asfixiantes, la cadena yerbatera atraviesa su peor crisis de sostenibilidad. Sin un precio que cubra los costos y con una industria sobreendeudada, el «sálvese quien pueda» de la desregulación está terminando en un escenario donde, desde el tarefero hasta el industrial, todos terminan financiando un ajuste que no tiene piso. (Con información de Economis)

