Para la provincia de Misiones, el impacto es directo y doloroso, golpeando el corazón de proyectos emblemáticos como la Cooperativa Frigorífica de Leandro N. Alem (COFRA). Mientras la cooperativa misionera lucha por sostener el empleo y el valor agregado en origen, el ingreso masivo de más de 53.000 toneladas de cerdo —principalmente desde Brasil— impone un techo artificial a los precios locales. El problema no es solo la cantidad, sino la calidad de la competencia: los productores denuncian que la bondiola brasileña entra congelada y se vende como fresca en los supermercados, una práctica que desarticula la formación de precios y erosiona la rentabilidad de las granjas que integran la producción primaria con la faena en la tierra colorada.
El sector atraviesa un «efecto tijera» devastador que amenaza con hacer desaparecer a los pequeños y medianos productores. En lo que va del año, mientras el precio del cerdo en pie subió apenas un 12%, los costos de producción se dispararon por el ascensor: el maíz aumentó un 40% y la soja un 70%, impulsados por la devaluación y la quita de subsidios. Esta brecha asfixiante impide que las granjas puedan reponer stock, dejando a los productores nacionales en una posición de vulnerabilidad total frente a un producto importado que llega al país con ventajas que aquí son inexistentes, como el uso de promotores de crecimiento prohibidos para la industria local pero permitidos para lo que viene de afuera.
La bronca en el sector agroindustrial escala porque no se pide asistencia estatal, sino que se dejen de lado las trabas que favorecen al competidor extranjero. Desde la Federación Porcina Argentina reclaman la urgente activación del protocolo con China para exportar subproductos y la eliminación de normativas que autorizan el ingreso de carne producida con Ractopamina, un aditivo que las granjas argentinas no utilizan por estándares de calidad. Sin estas correcciones estructurales, el animal completo pierde valor y el productor debe rematar su mercadería para no quedar con las cámaras llenas de un stock que no rota, mientras el consumidor paga precios que no reflejan la crisis que vive el campo.
En definitiva, lo que está en juego es la soberanía alimentaria y la viabilidad de un modelo de diversificación productiva que llevó años construir en provincias como Misiones. La ausencia de un horizonte de previsibilidad a largo plazo ha paralizado las inversiones, ya que nadie se arriesga a amortizar instalaciones de alta tecnología en un mercado que prioriza la bondiola brasileña por sobre el trabajo argentino. Si el gobierno nacional persiste en una apertura comercial desordenada que solo beneficia al intermediario, el entramado porcino federal se encamina a una reconversión forzosa que dejará un tendal de granjas cerradas y una dependencia absoluta de la producción extranjera.

