Luiz Inácio Lula da Silva volvió a hacer historia. Este domingo, el líder del Partido de los Trabajadores ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil y conquistó un cuarto mandato, una marca inédita en la política del país. Lo hizo derrotando al senador ultraderechista Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, en una elección que parecía perdida tras la primera vuelta.

Con más del 99% de los votos escrutados, Lula obtuvo alrededor del 51,7% frente al 48,2% de Bolsonaro. La diferencia fue ajustada, pero suficiente para que el Tribunal Superior Electoral declarara su triunfo y desatara las celebraciones de millones de brasileños que vieron en el resultado una barrera frente al retorno de la ultraderecha al poder.
Una remontada que nadie esperaba
Hace apenas tres semanas, el escenario era otro. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro había superado a Lula con el 47,1% de los votos, contra el 45% del presidente saliente. La ventaja de más de dos millones de sufragios alimentó la idea de que Brasil podía virar hacia la derecha radical y que el legado de Jair Bolsonaro —condenado por golpismo— encontraría una continuidad familiar en el Planalto.
Pero Lula, de 81 años, convirtió el balotaje en una batalla de desgaste, movilización y relato. Su campaña apeló a la defensa de las instituciones democráticas, a la recuperación económica y al miedo a un retroceso autoritario. El resultado fue una remontada que la propia prensa brasileña calificó de histórica y que le permitió superar a un rival que llegó con impulso, recursos y el respaldo de buena parte de la derecha.
La victoria tiene además un peso personal enorme. Lula ya había ganado las elecciones de 2002, 2006 y 2022. Con este triunfo, se convierte en el primer brasileño en alcanzar cuatro presidencias, a pesar de su edad, de los ataques judiciales y políticos sufridos en la última década y de un contexto regional que no le resultaba favorable.
Un muro frente a la ultraderecha
Más allá de los números, el triunfo de Lula reordena el tablero político de América Latina. La derrota de Flávio Bolsonaro interrumpe, al menos por ahora, la posibilidad de que la ultraderecha brasileña recupere la presidencia y se sume a una ola regional que ya había ganado terreno en varios países.
Para los gobiernos progresistas de la región, la reelección de Lula funciona como un respiro y una confirmación: Brasil sigue siendo el principal contrapeso político y económico frente a los proyectos de derecha radical. Para la derecha continental, en cambio, el resultado representa un golpe duro, especialmente porque venía de una primera vuelta auspiciosa.
La elección brasileña también dejó una lectura sobre el estado del país: Lula ganó, pero con una diferencia estrecha. Eso significa que casi la mitad del electorado votó por un candidato ultraderechista y que la polarización sigue siendo una de las principales características de la política brasileña.[cnnespanol.cnn]
El silencio más ruidoso de Milei
En Argentina, el resultado tuvo un destinatario inevitable: Javier Milei. El presidente había apoyado abiertamente a Flávio Bolsonaro y, tras la primera vuelta, celebró el desempeño del senador con un mensaje en X en el que atacó al “izquierdismo” y festejó lo que entonces parecía el inicio de una nueva era política en Brasil.
Pero esta vez, el hombre que convirtió las redes sociales en una extensión de su actividad presidencial no dijo nada. A pesar de ser un usuario compulsivo de X —donde posteó durante la campaña, atacó rivales, defendió aliados y convirtió cada escándalo en contenido—, Milei guardó silencio tras la derrota de Bolsonaro.
En el Gobierno argentino, fuentes cercanas al presidente reconocieron desánimo por el resultado y admitieron que la victoria de Lula no era el escenario esperado. Desde Olivos, Milei siguió el desarrollo de la elección con cautela, pero optó por no emitir ningún mensaje público una vez confirmado el triunfo del líder del PT.
Ese silencio dice tanto como un tuit. Para un presidente que utiliza las redes como herramienta permanente de confrontación política, callar frente a la derrota de un aliado continental es una decisión calculada: reconocer la derrota habría significado validar el triunfo de Lula; atacarlo habría expuesto a Milei a una respuesta pública y a un mayor aislamiento diplomático. El silencio, en este caso, fue la única salida que encontró.
Lo que viene
Lula asumirá su cuarto mandato el 5 de enero de 2027, con la tarea de gobernar hasta el 5 de enero de 2031 un país dividido y con una oposición fortalecida. La victoria le da legitimidad y tiempo, pero también lo obliga a construir acuerdos en un Congreso fragmentado y a responder a las demandas de una población que votó casi en partes iguales por dos proyectos antagónicos.
Para la región, el mensaje es claro: Brasil volvió a elegir un camino distinto al de la ultraderecha y Lula se consolida como una referencia del campo progresista continental. Para Milei, en cambio, la derrota de su aliado deja una pregunta que ni siquiera un posteo puede responder: por qué el presidente que nunca se queda callado decidió, justamente esta vez, no decir nada.