Según informes recientes de centros de estudios y la Universidad de San Martín, el fenómeno del «trabajador pobre» se consolida: el 59% de las personas en situación de pobreza tiene ocupación, pero sus ingresos no alcanzan para cubrir la canasta básica. Esta realidad derriba mitos sobre la falta de formación o voluntad laboral, revelando que las personas pobres trabajan, en promedio, más horas semanales (41,8) que aquellas que superan la línea de pobreza (40,2).
La degradación del poder adquisitivo bajo el modelo económico actual ha llevado a que los salarios formales pierdan sistemáticamente contra la inflación, acumulando una caída del 7,9% desde el inicio de la gestión de Javier Milei. En enero, los sueldos en el sector registrado apenas subieron un 2%, quedando por debajo del 2,8% de inflación mensual. Este escenario empuja a miles de trabajadores hacia el cuentapropismo de subsistencia, especialmente en el sector de aplicaciones de delivery, donde el 40,2% de los repartidores admite haber recurrido a esta opción tras perder un empleo formal y no encontrar alternativas en el sistema.
El estudio coordinado por el economista Axel Arias destaca que, aunque el relato oficial enfatiza la «libertad» de manejar horarios, la práctica muestra una dependencia absoluta de decisiones opacas de las plataformas y de la necesidad de conexión permanente. Para casi la mitad de estos trabajadores, los ingresos no alcanzan para llegar a fin de mes, transformando lo que debería ser una oportunidad de desarrollo en un simple salvoconducto de emergencia. De hecho, el 70% de quienes operan en estas apps no se proyecta realizando la misma tarea en el próximo lustro, y dos tercios aceptarían de inmediato un empleo formal si estuviera disponible.
Este agotamiento del refugio informal coincide con un repunte del desempleo, que escaló al 7,5% al cierre de 2025, según datos del INDEC. La falta de demanda en el sector formal no solo afecta la calidad de vida de las familias, sino que genera un efecto dominó en toda la economía. La industria, la construcción y el comercio señalan la baja del consumo como su principal obstáculo, mientras que el sistema financiero comienza a registrar niveles de morosidad récord debido a la incapacidad de los hogares para afrontar sus compromisos frente al desplome de sus ingresos reales.
En definitiva, el mercado laboral argentino muestra signos de crujir por todos sus costados. La brecha entre el discurso de estabilidad y la realidad de las calles se ensancha a medida que la formalidad laboral se vuelve un privilegio de pocos: mientras que el 82% de los trabajadores no pobres goza de empleo registrado, esa cifra cae estrepitosamente al 41% entre quienes se encuentran bajo la línea de pobreza. Sin señales de una recuperación de los ingresos en el corto plazo, el cuentapropismo parece haber llegado a su límite como contención social.

