Argentina / Economía | Adiós al asado: La humillante comparativa con EE.UU. que condena a Misiones

La mesa de los argentinos, históricamente el núcleo de la estabilidad familiar, hoy es el escenario de una regresión que está desintegrando el contrato básico de bienestar. Un reciente relevamiento de precios y salarios ha dejado al desnudo una realidad humillante: un trabajador en Estados Unidos puede comprar 35 kilos más de bife de chorizo por mes que un empleado promedio en Argentina. En provincias como Misiones, por ejemplo, el impacto negativo es mucho mayor.

Este dato nacional es un promedio engañoso para la realidad de Misiones, donde la cohesión comunitaria se erosiona con mayor fuerza debido a salarios que están entre los más bajos del país. Mientras el gobierno del presidente ultraderechista Javier Milei pregona una recuperación macroeconómica, la estructura de consumo de los misioneros se desploma, transformando cortes básicos en productos de acceso restringido para la mayoría de los hogares.

La comparativa internacional es lapidaria y expone la fragilidad de la economía doméstica actual. En los Estados Unidos, el ingreso medio permite adquirir unos 130,7 kilos mensuales del corte equivalente al bife de chorizo, mientras que el sueldo promedio argentino apenas alcanza para 95,6 kilos. Pero esta cifra nacional, calculada sobre ingresos brutos de casi 1,8 millones de pesos, es una fantasía inaccesible para el trabajador de la tierra colorada. En Misiones, con salarios promedio que rondan apenas los 920.000 pesos, la capacidad de compra se reduce a la mitad: el misionero apenas accede a unos 48 kilos mensuales, evidenciando una asimetría regional que condena al norte del país a una calidad de vida de segunda categoría.

La situación en la provincia es particularmente alarmante porque el costo de vida no ofrece tregua geográfica. Informes recientes de consultoras regionales indican que el costo de la canasta alimentaria en el NEA ha crecido por encima de la media nacional en lo que va de 2026, lo que genera un estrangulamiento letal para quienes viven de un sueldo fijo. Un kilo de bife de chorizo en las góndolas locales ya es una barrera infranqueable para un empleado de comercio o un docente misionero, cuyo jornal diario se diluye ante el precio de la proteína básica. Este fenómeno está alterando los hábitos de convivencia; el asado del domingo, que funcionaba como el gran nivelador de la comunidad, se ha extinguido, dejando un vacío que profundiza el malestar en las barriadas.

El impacto del ajuste de «motosierra» ha profundizado la brecha salarial entre el centro del país y la periferia. Mientras en las provincias petroleras los ingresos permiten amortiguar el impacto inflacionario, el trabajador misionero debe destinar una porción desproporcionada de sus ingresos para cubrir una alimentación mínima. La vulnerabilidad de los sectores medios y bajos en Misiones es tal que la dieta ha mutado forzosamente hacia carbohidratos, alejando a la población de la carne que el propio país exporta. Esta desconexión entre la producción nacional y el plato de los ciudadanos marca un hito en la degradación de las condiciones de vida bajo el mandato del presidente ultraderechista Javier Milei.

Frente a este escenario, el desánimo se propaga en Posadas, la capital de Misiones, y el interior provincial, donde la brecha entre los precios de los supermercados y el bolsillo real parece insalvable. Aunque Argentina siga siendo un productor de excelencia, la imposibilidad de consumo interno refleja un modelo que privilegia el saldo exportable por sobre el bienestar de sus propios habitantes. Con un salario que en Misiones no llega al millón de pesos, la carne vacuna ha dejado de ser un alimento para convertirse en un indicador de exclusión, marcando un punto de no retorno en la decadencia del poder adquisitivo regional.