Según la advertencia de la economista Marina Dal Poggetto, la transición hacia un nuevo régimen macroeconómico está provocando una destrucción directa del empleo formal, desplazando a los trabajadores hacia la precariedad del monotributo y la informalidad. Este fenómeno marca el agotamiento de la etapa de «licuación» salarial para dar paso a una crisis de ocupación, donde las empresas, asfixiadas por la caída del consumo y la apertura de importaciones, ya no logran sostener sus estructuras productivas originales.
El diagnóstico de la directora de EcoGo es tajante: el esquema actual utiliza al dólar como un ancla que se atrasa peligrosamente frente a una inflación que no cede, mientras los costos internos siguen subiendo. Para el presidente ultraderechista Javier Milei, la «normalización» implica abrir las fronteras a productos extranjeros, pero esto ocurre en un contexto donde las pymes locales enfrentan tarifas de servicios públicos y cargas impositivas que avanzan muy por encima de sus ventas. Esta distorsión en las hojas de balance empresarial está forzando a muchas firmas a elegir entre el cierre o el achicamiento drástico, transformando el problema de los ingresos bajos en un problema de falta de trabajo.
La clase media se encuentra en el epicentro de este sismo económico, atrapada por gastos inelásticos que no pueden recortar fácilmente, como prepagas, colegios y tarifas, que han subido de forma desproporcionada. Dal Poggetto señala que mientras estos servicios se indexan a niveles elevados, los ingresos familiares están estancados o en retroceso, lo que destruye la demanda interna. Sin mercado local que compre y con una competencia externa creciente, el sector privado registrado -el que paga aportes y sostiene la seguridad social- se está encogiendo a un ritmo alarmante, siendo reemplazado por un «empleo semiformal» que no ofrece estabilidad ni futuro.
Incluso la reforma laboral que se debate en el Congreso es vista con escepticismo bajo esta luz: se intenta bajar el costo de las contribuciones patronales para contrataciones nuevas en una economía que, en los hechos, está perdiendo empleo a pasos agigantados. La recaudación fiscal, en consecuencia, muestra signos de debilidad que obligan al Gobierno a profundizar el recorte del gasto para mantener el superávit, alimentando un círculo vicioso de recesión. El ajuste del presidente ultraderechista Javier Milei parece haber chocado con el límite de la realidad productiva, donde ya no queda margen para seguir ajustando el salario sin destruir la fuente de trabajo.
Hacia adelante, los meses de marzo y abril se perfilan como periodos de alta tensión, con subas programadas en combustibles, educación y servicios que seguirán presionando una estructura de costos ya quebrada. La advertencia de Dal Poggetto es clara: los costos sociales y productivos de esta estabilización forzosa todavía se están desplegando y su impacto final en la tasa de desempleo podría ser mucho más profundo de lo que las estadísticas oficiales muestran hoy. En Misiones, como en el resto del país, el paso del «ajuste por precio» (salarios bajos) al «ajuste por cantidad» (despidos) es el nuevo y temido capítulo de la era libertaria.

