Argentina / Política / Economía | Cosecha de miseria: La desregulación yerbatera hunde a los tareferos en la peor crisis desde los años 90

"Estamos viviendo el peor momento de los últimos 20 años; ni en los 90 estuvimos tan complicados", sentencia Antonio França, reflejando un nivel de desesperación que supera incluso las épocas donde los cosecheros eran considerados esclavos modernos sin derecho alguno. Esta afirmación no es exagerada: mientras el gobierno del presidente ultraderechista Javier Milei profundiza la desregulación, los tareferos -el eslabón más duro y olvidado de la cadena- denuncian que la pérdida de protección estatal los ha devuelto a una precariedad que se creía superada. En las chacras misioneras, la falta de precios de referencia y el desmantelamiento de los controles han convertido a la cosecha de yerba mate en una actividad inviable, donde el trabajador pone el cuerpo bajo el sol por ingresos que ni siquiera garantizan el plato de comida diario.

Hasta ahora, esta situación crítica había permanecido fuera de las noticias, oculta tras el brillo de las estadísticas macroeconómicas que el Ejecutivo nacional celebra en Buenos Aires. Sin embargo, la realidad del tarefero es ineludible: es el trabajador rural que realiza la «tarefa» o cosecha manual, y hoy percibe apenas entre 40 y 50 mil pesos por tonelada recolectada, una labor que puede demandar hasta dos días de esfuerzo físico extremo. Esta desidia informativa ha permitido que el sector se desangre en silencio, forzando una migración masiva hacia Brasil ante la imposibilidad de sobrevivir en una Argentina donde la desregulación favorece únicamente a los grandes molinos industriales.

El responsable institucional de este retroceso es un Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) que, por orden del gobierno del presidente ultraderechista Javier Milei, ha sido despojado de sus facultades históricas para equilibrar la balanza productiva. Al eliminar la fijación de precios mínimos y los límites a las plantaciones, se ha generado un escenario de «selva» donde el valor de la hoja verde cayó de 70 a 50 pesos por kilo, mientras el consumidor paga cifras récord en las góndolas. Esta transferencia brutal de recursos desde el trabajador hacia el eslabón industrial está destruyendo el tejido social de las colonias, dejando a los productores con cheques sin fondos y a los trabajadores en la indigencia total.

La crisis es tan profunda que ha provocado el abandono de chacras enteras, especialmente en la zona del Alto Uruguay, donde la actividad ya no genera esperanza sino deudas. França advierte que la desconfianza hacia la nueva gestión del INYM es total, señalando que el organismo ha dejado de ser una herramienta de defensa para el productor y el tarefero, convirtiéndose en un ente que avala resoluciones perjudiciales y despide personal de control clave. En este contexto, la sombra del «tractorazo» del 2001 vuelve a sobrevolar la provincia, no como una amenaza vacía, sino como la última respuesta de un sector que se siente empujado nuevamente a la servidumbre de hace tres décadas.

Sin una intervención que devuelva la previsibilidad y el precio justo, la economía regional de Misiones se encamina a un daño estructural irreversible. Los tareferos, históricamente invisibilizados por los medios nacionales, hoy son el testimonio vivo de un modelo que ignora la economía real del interior profundo. «Hoy nadie quiere hacer un kilo de hoja verde», resume la desolación de quienes, a pesar de ser los protagonistas de la industria más emblemática de la región, se encuentran atrapados en una nueva cosecha de miseria que amenaza con borrar del mapa a los pequeños productores y sus familias.

Radiografía de un sector al límite:

Peor que la esclavitud moderna: Los trabajadores comparan la crisis actual con los años 90, señalando un retroceso histórico en derechos y dignidad.

Silencio mediático roto: La situación de los tareferos emerge en la agenda pública tras meses de haber sido ignorada por la prensa nacional.

Ingresos de indigencia: Un tarefero cobra apenas 40 mil pesos por tonelada, lo que vuelve imposible la subsistencia mínima.

Institución vaciada: El INYM perdió su capacidad de regular precios y proteger al eslabón más débil frente a los grandes molinos.

Éxodo laboral: Ante la falta de pagos dignos y la caída del precio de la hoja verde, los trabajadores rurales abandonan las chacras y migran fuera del país. (Con información de FM Santa María de las Misiones)