Argentina | SIDE 24/7: el experimento de Milei para tener una Gestapo a la criolla

La reforma de la SIDE por DNU de fin de año consolida un giro peligroso hacia un Estado con rasgos policíacos, donde la seguridad se impone por encima de los derechos individuales. El recurso al decreto, el refuerzo del secreto y la habilitación de facultades cuasi policiales para la inteligencia abren la puerta a un sistema opaco, con escasos contrapesos democráticos.

Un DNU que esquiva el Congreso
El Presidente eligió modificar integralmente la Ley de Inteligencia mediante un DNU de 19 páginas, sin debate parlamentario y regulando incluso aspectos sensibles del derecho penal. Organizaciones como el CELS ya cuestionaron la constitucionalidad de esta vía, señalando que no hay una urgencia real que justifique eludir al Congreso y que el decreto desborda las facultades presidenciales. En un país con la memoria todavía abierta del terrorismo de Estado, legislar por decreto sobre inteligencia y represión es mucho más que un detalle procedimental.

La SIDE como superestructura opaca
El decreto consolida a la SIDE como órgano rector de todo el Sistema de Inteligencia Nacional, con capacidad de conducir, coordinar y acceder a información de prácticamente todo el Estado. A ello se suma la creación de una “Comunidad de Inteligencia” y una “Comunidad Informativa” que institucionalizan el flujo de datos desde organismos civiles, económicos, sanitarios y tecnológicos hacia la órbita de la inteligencia. Este entramado configura una red de vigilancia potencialmente masiva, en la que la ciudadanía pasa a ser un objeto de sospecha permanente.

La cláusula Gestapo: aprehender personas
Uno de los núcleos más preocupantes del DNU es el artículo que habilita a agentes de inteligencia a “aprehender personas” en el marco de actividades de inteligencia, pedidos judiciales y situaciones de flagrancia, con aviso posterior a las fuerzas de seguridad. La inteligencia, que en un sistema democrático debería producir análisis estratégico, pasa así a tener funciones operativas típicas de una policía secreta, con un margen de discrecionalidad muy amplio. El paralelo con la Gestapo no es sólo una provocación retórica: también allí la frontera entre “seguridad del Estado” y persecución política se borró bajo el manto de la legalidad y la excepción permanente.

El blindaje del secreto y la amenaza a la disidencia
El DNU declara que todas las actividades de inteligencia revisten “carácter encubierto”, reforzando el secreto como regla y haciendo más difícil el control judicial, parlamentario y social. Al mismo tiempo, se amplían las posibilidades de recolectar datos privados e interceptar comunicaciones, reabriendo la puerta a prácticas de espionaje político y social que se habían intentado limitar desde 2015. Organismos de derechos humanos alertan sobre el riesgo de vigilancia masiva que afecte a periodistas, opositores, movimientos sociales y defensores de derechos, reinstalando un clima de temor incompatible con una democracia robusta.

¿Gestapo de Milei o Estado de derecho?
La pregunta incómoda es si este rediseño configura la Gestapo de Milei o un “avance técnico” en clave de seguridad nacional, como sostiene el Gobierno. Cuando la inteligencia puede detener personas, operar en secreto, organizar una red de datos sobre toda la población y fue reformada por decreto sin deliberación democrática, la balanza se inclina claramente hacia un modelo de Estado policíaco. En un país que hizo de Memoria, Verdad y Justicia una política de Estado, concentrar semejante poder en una SIDE empoderada y oscura no es sólo un retroceso institucional: es un llamado de atención sobre los límites que una sociedad está dispuesta a tolerar antes de normalizar su propia Gestapo.