Con la soltura de quien no tiene que elegir entre pagar la luz o comprar carne, el ministro Luis Caputo minimizó el industricidio actual, definiendo el cierre de 20 a 30 empresas diarias como un simple «reacomodamiento» donde algunos ganan y otros, lógicamente, desaparecen.
La desconexión de Caputo con el día a día de la población alcanzó su punto máximo al referirse a la caída del salario real y al endeudamiento de las familias para comer. Para el ministro, el derrumbe de la capacidad de compra es un detalle menor frente a la «esperanza» que supuestamente siente la gente al haberse librado de un imaginario «retorno del comunismo». Mientras tanto, en el mundo real, la industria textil opera a menos del 30% de su capacidad y las pymes se desangran ante una apertura de importaciones que el funcionario defiende con fervor, argumentando que la protección industrial solo sirvió para beneficiar a los dueños de las fábricas y no a los trabajadores que hoy se quedan en la calle.
En el plano financiero, la «magia» retórica del ministro intentó ocultar un nuevo capítulo de endeudamiento serial bajo el elegante ropaje de un «tecnicismo». Caputo negó que la reciente asistencia financiera de los Estados Unidos de Donald Trump -unos 808 millones de dólares en Derechos Especiales de Giro (DEG)- fuera un préstamo, a pesar de que los fondos se utilizaron exclusivamente para cubrir un vencimiento inminente con el FMI que el Banco Central no podía afrontar por sus propios medios. Esta pirueta dialéctica busca esconder la fragilidad de un plan económico que no logra acumular reservas y que depende, una vez más, del auxilio externo para no caer en default con el organismo multilateral.
La soberbia oficial también se trasladó al conflicto con el sector privado, específicamente tras el ataque de Milei a Paolo Rocca, a quien apodó «Don Chatarrín». Caputo justificó que el Grupo Techint perdiera licitaciones clave frente a empresas extranjeras como un triunfo del «modelo» contra los supuestos sobreprecios del pasado. Sin embargo, detrás de la bandera de la competitividad, se esconde una parálisis de la obra pública y una confrontación que pone en jaque la infraestructura energética del país, todo bajo la premisa de que cualquier industria nacional que pida condiciones mínimas de supervivencia es parte de un pasado que el Gobierno ha decidido enterrar, sin importar el costo social.
Finalmente, el ministro se permitió teorizar sobre la situación de los jubilados, afirmando sin ponerse colorado que «trabajan para ellos» y que han sacado a 13 millones de personas de la pobreza, una cifra que choca de frente con cualquier estadística seria de este 2026. Al pedir «paciencia» y comparar su gestión con la construcción de Roma, Caputo reafirma que para el equipo económico la crisis es solo una percepción errónea de quienes no entienden los beneficios de la libertad. La receta del «Toto» es clara: negar la deuda, ignorar los despidos y pedirle al pueblo que celebre su propia caída mientras el Gobierno sigue festejando un superávit construido sobre el hambre y el silencio de las fábricas.

