Esta sangría de capital privado, que supera ampliamente el promedio nacional, coloca a la tierra colorada a la cabeza de un ranking nefasto donde la recesión y el desplome del consumo están desmantelando décadas de esfuerzo productivo local.
El análisis pormenorizado revela una herida profunda en los dos pilares que sostienen el movimiento económico de la provincia: la construcción y el comercio. El sector constructor encabeza el derrumbe relativo con una pérdida del 19,8% de sus empresas activas, impactado de lleno por el freno total de la obra pública nacional y el estancamiento de la inversión privada. Por su parte, el comercio es el rubro que más persianas bajó en números absolutos, con más de 300 empresas menos, reflejando una caída del 9,7% en un sector que representa nada menos que un tercio del total de las firmas misioneras.
Existe un vínculo directo y devastador entre la caída de las constructoras y el cierre de los comercios, funcionando como un efecto dominó que paraliza la economía regional. La construcción es históricamente la «madre de industrias» por su efecto multiplicador en Misiones; cuando una empresa constructora deja de operar, no solo se pierden empleos directos, sino que se corta el flujo de ingresos hacia corralones, ferreterías y servicios técnicos. Esa masa salarial que desaparece deja de volcarse al consumo diario, afectando inmediatamente a los comercios de cercanía, almacenes y tiendas de indumentaria, que terminan cerrando por la falta de clientes con poder adquisitivo.
La crisis también ha trepado hacia sectores de servicios especializados, con bajas del 16,2% en servicios inmobiliarios y del 14,8% en servicios profesionales, confirmando que la recesión ya no es solo un problema de la base productiva. Incluso la industria manufacturera, motor del valor agregado en la provincia, registra 100 establecimientos menos. Esta desaparición de unidades productivas es el síntoma final de una asfixia combinada por costos operativos insostenibles, una presión tributaria que no da tregua y un mercado interno que, ante la falta de obra y salarios dignos, ha dejado de traccionar.
Mientras el gobierno nacional resalta el crecimiento en enclaves aislados como Vaca Muerta -donde Neuquén es la única excepción al desastre-, Misiones se desangra a un ritmo mucho más acelerado que sus vecinas del NEA. La desaparición de estas 800 empresas no es solo un dato estadístico, sino el desmantelamiento de un tejido social que tardó años en formalizarse. Sin medidas de alivio que reconozcan la interdependencia entre el empleo constructivo y la vitalidad comercial, la provincia corre el riesgo de consolidar un desierto empresarial donde la supervivencia sea, lamentablemente, el único horizonte posible.

