Holcim, la segunda mayor fabricante de cemento del país, ha regresado al terreno de las pérdidas netas durante el primer trimestre de 2026, víctima de un estancamiento que no da tregua. La compañía pasó de ganar $1.802 millones el año pasado a registrar un rojo profundo de $3.839 millones, un desplome que evidencia la fragilidad de la industria ante la falta de inversión estatal y el encarecimiento de la operatividad.
Bajo la gestión del presidente ultraderechista, la construcción se ha convertido en una de las principales víctimas del ajuste fiscal. La decisión oficial de mantener la ejecución de infraestructura en niveles históricamente bajos ha dejado a las cementeras sin su principal motor de demanda. En este escenario, los ingresos de Holcim retrocedieron mientras que sus costos operativos se dispararon, comprimiendo su ganancia bruta en un alarmante 25%. El informe de la empresa es lapidario: la actividad no despega y el mercado interno enfrenta señales persistentes de parálisis.
El deterioro financiero se profundizó debido a una millonaria desvalorización de activos, superior a los $10.500 millones, vinculada a plantas y unidades de negocio que hoy valen menos ante la falta de perspectiva de recuperación. A esto se suma un incremento sustancial en los gastos de comercialización y distribución en un contexto donde el volumen de producción de cemento cayó un 4,8% interanual. A pesar de la retórica oficial sobre la estabilización, la realidad contable de las empresas líderes muestra que el costo de la política monetaria y fiscal está devorando la rentabilidad del sector privado.
La falta de crédito hipotecario y las tasas de interés reales elevadas —herramientas centrales del programa libertario para contener la inflación— han terminado por clausurar el financiamiento para proyectos privados. La industria del cemento cerró el trimestre con una caída acumulada, arrastrada por un clima de marcada cautela entre los inversores que no ven incentivos para enterrar capital. Mientras el gobierno celebra el equilibrio fiscal, las fábricas operan a media máquina y los estados financieros se tiñen de rojo ante un consumo que no encuentra su piso.
En este marco de crisis, la cementera apuesta a una estrategia de «resiliencia» y optimización de costos para intentar navegar el ciclo económico más duro de los últimos años. Con un patrimonio neto que aún resiste en los $631.804 millones, la firma confía en su robustez estructural, aunque reconoce que su futuro depende exclusivamente de una reactivación que hoy parece lejana. El estancamiento de la construcción es, quizás, el síntoma más claro de un modelo que prioriza las planillas fiscales por sobre la dinámica productiva nacional.

