En las alturas de la Casa Rosada, donde las decisiones se toman con más espuma que un capuchino, Javier Milei y Luis «Toto» Caputo se mesan los pelos ante la crisis galopante: la leche en las góndolas subió tanto que ya parece champagne de contrabando. «¡No le encontramos la vuelta, Toto! La gente va a terminar ordeñando cabras en la 9 de Julio», se lamenta el presidente, mientras Caputo garabatea números en una servilleta que parece un origami fallido.
De repente, la puerta se abre con estruendo. Entra Karina Milei, la hermanísima, con mirada de generala y un termo bajo el brazo. Escucha dos segundos el drama lácteo y suelta la bomba: «¡Déjense de boludear! Ya les arreglé lo de las naftas. Congelamos precios y autorizamos agregar agua para abaratar. ¡Una misma solución para todo: AGUA, hermano, AGUA!».
Milei salta de la silla como si le hubieran enchufado un orto-termómetro. «¿Ves, Toto? ¡Una genia! ¡Te amo, hermana!», exclama, abrazándola como si fuera el billete de lotería ganador. Caputo, recuperando el habla, asiente con ojos brillantes: «¡Perfecto! Ahora mandamos a Fede Sturzenegger a explicar lo bueno de esta desregulación hidráulica. A Lilia Lemoine para que argumente que así la gente toma más agua, que es buenísimo para la salud. Y yo voy a lo de Majul a contar que con tres meses de ahorro en leche aguada te comprás dos bicicletas chinas».
«¿Y Adorni?», pregunta Javier, recordando al vocero que ya parece un trapo de piso. De atrás de una cortina emerge Santiago Caputo, el estratega fantasma, con dedo acusador: «¡A ese rajalo! Por más agua que le metas, ya no se lo puede limpiar más».
Y así, en un gobierno donde el agua bendita riega desde los surtidores hasta las heladeras, Argentina avanza hacia un futuro cristalino: naftas que flotan, leche que hidrata y una economía que, si no fluye, al menos se diluye. ¿Próximo hit? ¿Carne al 50% jugo y 50% lágrimas?
Fin.

