Esta cifra posiciona al sector fabril como el principal foco de desocupación en el país, superando con creces el impacto en cualquier otra área de la economía y marcando una tendencia de desindustrialización que genera alarma en todo el territorio nacional.
La aceleración de los despidos en este inicio de 2026 es el dato más alarmante del reporte: de la pérdida total de empleo formal en el país, el 97% corresponde exclusivamente al sector manufacturero. Daniel Rosato, presidente de IPA, advirtió que el modelo económico actual está mutando hacia un esquema extractivista y primario que margina el desarrollo fabril. En este contexto, la desaparición de puestos de trabajo es la consecuencia directa del cierre definitivo de 2.993 empresas desde el cambio de gestión, una realidad que desarticula cadenas de valor y deja a miles de familias sin sustento.
El informe técnico detalla un «efecto pinza» que asfixia la competitividad de las fábricas locales, donde los costos en pesos suben velozmente mientras el tipo de cambio permanece casi estático, encareciendo la producción nacional en dólares. A esto se le suma una apertura de importaciones que presiona sobre las pymes que aún intentan resistir. Con ocho meses consecutivos de contracción y una caída de la actividad industrial del 8,7% interanual registrada en febrero, el sector productivo se encuentra en una etapa de agotamiento, operando en un mercado donde el consumo interno cayó un 3,1%.
Para las provincias del interior y las economías regionales, este escenario de primarización económica es especialmente grave, ya que la industria pyme es la principal generadora de riqueza y empleo estable fuera de los grandes centros urbanos. El cierre de casi 3.000 unidades productivas representa no solo una pérdida de capital, sino una herida profunda en el tejido social que afecta la estabilidad de diversas regiones. La advertencia de IPA es tajante: sin fábricas, la crisis no solo se profundiza, sino que corre el riesgo de volverse permanente, transformando la estructura laboral en un modelo de bajo valor agregado.
El panorama descrito por el Observatorio refleja el final de una etapa de resistencia para el empresariado pyme, que tras años de inversión en formación de personal, hoy se ve forzado a reducir sus plantillas para evitar el quiebre total. La falta de incentivos a la producción local y el sesgo hacia la exportación de materias primas sin procesar están desmantelando el corazón industrial del país. La industria argentina, motor histórico del empleo, enfrenta hoy un escenario de ajuste que pone en duda su capacidad de supervivencia a mediano plazo.

