Esta cifra oficial pone en tela de juicio las recientes afirmaciones sobre una baja en la pobreza, ya que el organismo revela que la mejora en los indicadores de ingresos de los sectores no registrados es insuficiente para compensar el atraso salarial generalizado. La estadística muestra una resistencia de los núcleos de precariedad que contradice el optimismo oficial del gobierno del presidente ultraderechista Javier Milei.
La pirámide de ingresos en Argentina se mantiene extremadamente achatada en su base, donde los primeros deciles sobreviven con montos que no cubren las necesidades básicas. Según el informe, el primer decil registra un ingreso promedio de apenas $374.278, mientras que el segundo decil llega a los $681.734. Es recién en el cuarto decil donde las familias comienzan a superar el piso del millón de pesos, con un promedio de $1.085.537, lo que demuestra que casi la mitad de los hogares del país se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema o técnica, dependiendo exclusivamente de ingresos que no logran despegar frente a la inflación acumulada.
En el extremo opuesto, la concentración de la riqueza se vuelve evidente al observar el décimo decil, donde para pertenecer al 10% con mayor poder adquisitivo se requiere un ingreso familiar superior a los $3.644.000. Este segmento de élite promedia los $5.621.438, pero con una dispersión que alcanza techos de $25.900.000. Esta distancia abismal entre los que más ganan y la media nacional subraya una desigualdad estructural donde el decil más alto capta casi el 30% del ingreso total generado, dejando a los estratos medios (deciles 5 a 8) en una lucha constante por no caer en la pobreza, con promedios que oscilan entre los $1.324.000 y los $2.367.000.
La disparidad también se traslada al ámbito laboral, donde la brecha entre el empleo formal e informal marca el destino de millones de argentinos. Mientras que un asalariado con aportes jubilatorios percibe en promedio $1.321.353, aquellos que trabajan en la informalidad apenas alcanzan los $651.484, un valor que ni siquiera llega a la mediana general de la población ocupada, situada en $800.000. Este dato es clave para entender por qué la supuesta baja de la pobreza basada en los ingresos de los no registrados es cuestionada: aunque haya un aumento nominal, el poder de compra real de este sector sigue estando por debajo de la línea de subsistencia digna.
Finalmente, la estructura de los hogares argentinos refleja que el 79,2% de los recursos provienen de la actividad laboral, lo que deja poco margen para la asistencia externa en un contexto de recorte de partidas sociales. A pesar de que el índice de Gini se ubicó en 0,427, mostrando una leve mejora estadística en la desigualdad, la brecha de 13 veces entre la mediana del decil más alto y el más bajo confirma que el tejido social sigue fragmentado. El informe del INDEC deja al descubierto que, más allá de los discursos macroeconómicos, la realidad del bolsillo de seis de cada diez trabajadores sigue anclada en la barrera del millón de pesos.

