Argentina / Economía | La economía del estrés: siete de cada diez argentinos viven al límite bajo el ajuste oficial

El pulso de la economía argentina ha dejado de medirse únicamente en los fríos despachos oficiales para latir con angustia en la cotidianeidad de los hogares, donde el ajuste y la licuación de los ingresos han configurado un escenario de fragilidad extrema. Según el Estudio de Bienestar Financiero 2025 de Mercer, siete de cada diez argentinos atraviesa niveles alarmantes de estrés financiero, una condición que bajo la gestión del presidente ultraderechista Javier Milei ha pasado de ser una excepción a convertirse en un rasgo estructural de la sociedad. Esta presión constante se traduce en que el 61% de los trabajadores reconoce que las preocupaciones económicas los persiguen incluso en sus puestos de trabajo, mientras que un 14% padece una ansiedad financiera tan aguda que ya afecta su descanso y calidad de sueño.

La profundidad de la crisis se manifiesta en un dato que debería avergonzar a la dirigencia política: casi dos de cada diez personas se vieron obligadas a endeudarse en los últimos seis meses para cubrir necesidades básicas como alimentos, servicios o salud. No se trata de un endeudamiento para el crecimiento o el consumo de bienes durables, sino de un recurso desesperado de supervivencia frente a un modelo económico liderado por Luis Caputo que prioriza las metas fiscales por sobre la mesa de los ciudadanos. Mientras tanto, los sectores pseudo opositores mantienen una pasividad funcional que permite que la inflación persistente siga erosionando el poder adquisitivo, obligando a las familias a depender de redes informales y consejos de amigos ante la falta de un horizonte claro.

El malestar argentino se vuelve aún más evidente al compararlo con la región, ya que el informe Ipsos Talk LATAM 2025 revela que el 57% de los habitantes del país tiene dificultades para llegar a fin de mes, una cifra que prácticamente duplica a la de México y supera con creces el promedio latinoamericano. En este contexto de carencia, la incertidumbre económica ha vuelto a ser la principal preocupación social con el 61% de las menciones, desplazando incluso a la inseguridad en la agenda pública. La desconexión es total: el 62% de los consultados afirma que la economía está peor que el año pasado, desmintiendo el relato oficial de una recuperación que no llega a los sectores populares ni a la clase media trabajadora.

Este deterioro se refleja con nitidez en el mercado de los préstamos personales, que cerraron 2025 con un balance cargado de señales de alerta. Si bien el stock alcanzó los $19,1 billones, la trayectoria mostró una desaceleración pronunciada hacia el cierre del año, marcada por un aumento de la morosidad y una mayor cautela de los bancos. Guillermo Barbero, de First Capital Group, advirtió sobre el enfriamiento de este segmento que supo ser un motor de liquidez familiar pero que ahora se choca contra el muro del incumplimiento. El círculo es vicioso: la presión sobre los ingresos empuja al pedido de créditos para comer, lo que a su vez eleva el riesgo de impago y restringe el acceso futuro al financiamiento.

Hacia 2026, la sociedad se encuentra fracturada entre una mayoría que anticipa un empeoramiento de las condiciones y una minoría que sostiene expectativas optimistas basadas más en la esperanza que en datos concretos. El desafío de recuperar a los clientes en situación irregular y frenar la caída del consumo real parece una tarea imposible bajo la actual lógica de ajuste implementada por el Gobierno. En una economía donde el 90% de las personas siente que el mundo cambia demasiado rápido y el 22% confiesa haber perdido el control de su dinero, el bienestar financiero ha dejado de ser una meta para convertirse en un recuerdo de una estabilidad que el actual rumbo político parece haber sentenciado al olvido.